Las pastillas que Santos había proporcionado a Fran no eran otra cosa que una droga de diseño que el doctor había intervenido esa misma tarde a uno de los pacientes del hospital. A pesar de la esquizofrenia que padecía (probablemente a causa de las dichosas pastillitas) el condenado muchacho, cada vez que se le deba el alta volvía a consumir y acababa de nuevo en el hospital pasados unos días.

Durante el trayecto al hospital, el doctor Santos suministró a Fran el tratamiento adecuado para contrarrestar los efectos de la intoxicación, a la que el doctor ya había tenido que hacer frente en varias ocasiones.

Aunque sabía que la sobredosis era moderada y no ponía en peligro la vida de Fran, Santos era consciente que el riesgo de coma existía, y eso es lo que trató de paliar. Los efectos de la droga desaparecerían al cabo de un par de días, y ese tiempo sería más que suficiente para enterarse de lo que estaba pasando y de qué hacer al respecto. Mientras tanto mantendría a Fran a salvo y alejado de las garras del inspector Ybarra.

Al llegar al hospital, la camilla rodó a toda velocidad por los pasillos empujado por los enfermeros. El doctor Santos atajó a una de las enfermeras de recepción y preguntó:

– Montse está hoy de guardia, ¿no?

– Sí. Así es.

– Pues dígala que vaya con urgencia a la sala dieciséis.

– Sí, doctor.

Sin perder un segundo, Rafael echó a correr tras la camilla por detrás del agente Gálvez, que a su vez cumplía la misión encomendada por el comisario Garrido de no separarse ni un segundo del sospechoso.

La camilla penetró por unas puertas basculantes y nada más cruzarlas Santos detuvo al agente.

– ¡Espere, espere! ¡No puede pasar ahí!

– Pero tengo órdenes…

– Más allá de estas puertas está la zona quirúrgica –interrumpió el doctor con voz firme–. La única manera de salir de esa zona es a través de estas puertas, por lo tanto, si se queda aquí seguirá cumpliendo sus órdenes. Pero no puedo permitirle que penetre en una zona aséptica.

Y confiando en que el tono de su voz hubiese sido lo suficientemente autoritario, Santos siguió a los camilleros sin esperar una respuesta.

Santos señaló a los camilleros la sala de soporte vital número dieciséis, y les ayudó a posar a Fran sobre la cama de la fría sala, no solo por la temperatura de la estancia, si no también por la frialdad que transmitían las paredes de acero sin ventanas, y la absoluta falta de elementos ornamentales que no fueran exclusivamente material médico.

– Es suficiente. Muchas gracias –agradeció Santos a los camilleros, tras lo cual salieron de la sala con la camilla que habían portado.

Mientras tanto, el doctor fue colocando por la cabeza de Fran, una serie de electrodos conectados a una máquina que comenzó a dibujar líneas que subían y bajaban por una pequeña pantalla. Antes de terminar de colocar la veintena de sensores, Montse hizo su entrada en la sala.

Montserrat Llamazares era una evidencia en psicología clínica, además de ser también una gran neuróloga. Sus continuos estudios en la materia y la multitud de tesis realizadas la convertían en una de las mentes más brillantes en el estudio del cerebro.

Se conocieron diez años atrás, en una de las conferencias que Montse impartió en Pincia. Sus teorías sobre la relación entre los pliegues cerebrales y las enfermedades mentales consiguieron sintonizar con Santos y sus teorías sobre el funcionamiento de las distintas zonas del cerebro.

Desde ese momento comenzaron a colaborar en sus distintos estudios, coincidiendo en muchas de las hipótesis que ambos compartían. Cuando Montse fue contratada para dirigir el hospital “Juana de Castilla” de Pincia, uno de los hospitales mentales privados más importante del país, no dudó ni un momento en comunicarse con el doctor Santos para que formara parte de su plantilla, y poder así trabajar sobre el terreno en el desarrollo de sus hipótesis.

Montse se situó junto a Santos mientras recogía su melena pelirroja en una improvisada trenza que sujetó a su espalda con una goma elástica de color rosa. Su rostro de tez blancuzca lucía decenas de pequeña pecas en los pómulos. En torno a sus ojos color miel, asomaban un número indeterminado de pequeñas arrugas bien marcadas. Las famosas patas de gallo que cualquier mujer trataría de maquillar. No así la doctora Llamazares, que las lucía con orgullo, al igual que las ojeras bajo sus ojos, fruto de sus muchas noches en vela en su época estudiantil.

Ese motivo probablemente también fuera la causa de su soltería. Los estudios primero y el trabajo después, ocuparon continuamente la totalidad de su tiempo, dejando la vida social aparcada en un cajón para ocasiones mejores. Ahora, a punto de cumplir los cuarenta, esa vida social se ha quedado olvidada en ese cajón, cuya llave perdió hacía ya mucho tiempo.

– ¿Qué tenemos aquí? –preguntó Montse.

– Nada importante –dijo Santos–. Ya lo tengo controlado.

Montse le miró mostrando una expresión de sorpresa.

– Entonces, ¿para qué me has hecho bajar? –preguntó cruzándose de brazos.

Rafael observó el pequeño cuerpo de la doctora que en ese momentos le recordó al de una niña enfadada, y no pudo reprimir una sonrisa.

– No te cabrees –solicitó con voz calmada–. Lo que menos necesito esta noche es una reprimenda tuya.

– Bueno, entonces, contéstame.

El doctor terminó de colocar los sensores de la cabeza y encendió otra máquina de la que salían unos terminales algo más grandes. Le tendió unas tijeras a Montse y le pidió que las utilizara para cortar la ropa de Fran.

– Todavía estoy esperando –reclamó Montse cuando Santos comenzó a colocar los electrodos en el pecho de Fran.

– Lucía ha muerto.

Montse se llevó una mano a la boca reprimiendo un grito.

– ¡Dios mío, Rafael! ¡Cuánto lo siento! –se apresuró en consolar a su amigo con unas caricias en la espalda–. Pero, ¿Cómo fue? ¿Qué ocurrió?

– Agustín Tapia la mató.

– ¿Qué? –preguntó Montse consternada.

– Lo que has oído –respondió Santos aguantando la rabia y las lágrimas que inundaron sus ojos en ese instante–. Agustín Tapia se presentó en mi casa armado con una escopeta, y disparó a Lucía en cuanto abrió la puerta. No tuvo ni una sola oportunidad.

– ¡Dios mío! ¡Eso es terrible! –exclamó Montse, y se sintió tan ridícula con su observación que en ese mismo instante hubiese deseado haberse quedado muda. Santos asintió con la cabeza y un par de lágrimas corrieron por sus mejillas.

– Si no llega a ser por él –continuó Rafael señalando con el dedo a Fran tras colocar el último de los electrodos en su pecho– hubiese acabado también con Sonia y conmigo. Él nos salvó la vida. Y la policía lo detuvo como si fuese un delincuente. No podía permitir que lo encerraran en un calabozo. Por eso te he llamado.

Montse observaba a Santos confundida.

– No comprendo a dónde quieres ir a parar.

– Montse, lo quieren acusar de asesinato. Le he sacado de la comisaría en pleno interrogatorio para ganar algo de tiempo. A todos los efectos, Francisco Rivas padece un fuerte shock postraumático que requiere atención médica especializada. A ti te creerán.

– ¿Me estás sugiriendo que mienta a las autoridades? –preguntó Montse escandalizada.

– Te estoy pidiendo que me hagas un favor para ayudar a la persona que me salvó la vida. ¿Es mucho pedir?

– ¿Tú sabes las consecuencias que puede acarrear esto si nos descubren? ¡Nos podrían inhabilitar de por vida!

– Eso no ocurrirá si lo hacemos bien. Por favor, Montse.

Montse esquivó su mirada dubitativa y Rafael buscó un nuevo planteamiento para convencerla, pero no se le ocurría nada. Tenía la mente demasiado cansada y confundida. Hasta que fijó la vista en la pantalla que monitorizaba la actividad cerebral de Fran. Se acercó hasta el monitor como hipnotizado y se plantó frente a él para observarlo con detenimiento.

– ¿Qué ocurre? –preguntó Montse a su espalda.

– Fíjate la segunda y la tercera línea.

La directora se acercó al monitor y lo observó.

– Marcar una actividad cerebral inusual en el lóbulo occipital izquierdo.

– ¡Exacto!

– ¿Y eso a qué puede deberse?

El doctor Santos sonrió. El afán de investigación y las ansias de reconocimiento en eran muchísimo más fuertes en Montse de lo que jamás habían sido en Rafael. Y con esa baza jugó.

– Doctora Llamazares –dijo–, posiblemente nos encontremos ante el espécimen que llevamos tantos años buscando. Una persona con inusuales registros cerebrales y con capacidades mentales sobrehumanas que han podido ser constatadas.

– ¿Facultades sobrehumanas constatadas? ¿De qué demonios estás hablando?

– Frán es telépata. Yo mismo lo he comprobado.



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