– ¡Suéltame, chiflado hijo de puta!

Había perdido las formas por completo. Y la verdad es que era comprensible. Yo en su lugar hubiese actuado igual. Pero no estaba en su lugar.

– ¡He dicho que me sueltes! –gritaba sin que yo le prestara el más mínimo caso.

Visto así, empapado como un pollo, atrapado por las muñecas por medio de unas esposas que, a su vez, se encontraban unidas a una gruesa cadena sujeta del techo, no parecía tan fiero como antes.

No quedaba ni un ápice de esa arrogancia que desbordaba cuando entró en mi taxi, enfundado en su traje de Armani. Esa mirada de odio había desaparecido. Ahora tenía odio, era lógico, pero no ese odio sin remordimientos que noté cuando cruzó la puerta del vehículo. Este era un odio más… por llamarlo de algún modo, más racional, provocado por la impotencia, la frustración y, sobre todo, el miedo.

Y sé que está aterrado de verse prisionero de un hombre que empuña un cuchillo. Un simpático taxista que le iba a llevar a su casa.

No me lo dijo, pero lo sabía. Porque si una cosa conozco de la gente, son sus emociones. Y yo sabía que ese hombre estaba deseando llegar a su casa para matar a su mujer. Lo sabía.

 

 

 

– Lléveme a la calle Embajadores número catorce. Y no de rodeos, que me conozco la ciudad mejor que usted.

Tal como el cliente me indicó, conduje sin rodeos, pero cuando apenas llevaba tres minutos de conducción, escuché esa voz. Esa extraña y rasgada voz que parecía proceder del interior de un túnel o un profundo pozo. Esa inquietante voz, que consiguió ponerme los bellos de punta, al igual que lo hizo las anteriores veces que la había escuchado.

– Dile que acelere o se te escapará.

Yo continué conduciendo, como si no hubiese escuchado nada. Un semáforo cambió el disco a color amarillo y detuve el taxi en la línea. Y de nuevo esa voz.

– ¡Vamos! ¡Dile que acelere! O acaso quieres que esa zorra se te escape. Ahora ese cabrón se estará tirando tranquilamente a tu mujer, mientras que tú aquí estas parado frente a un semáforo, porque no tienes cojones a decirle al chofer que acelere, y para cuando llegues, ¿Qué? Tu puta esposa ya habrá quedado bien servida. Ja, ja, ja, ¡Cómo se van a reír en tu cara ella y su amante!

– ¡Sáltese los semáforos! –dijo el hombre trajeado desde el asiento trasero–. Yo me hago cargo.

– Disculpe señor, pero no me puedo saltar los semáforos. Ahora por eso te quitan puntos, y yo vivo de mi carné.

– ¡He dicho que se los salte, coño! ¿En qué idioma tengo que hablarle?

Aceleré el taxi. Las ruedas rechinaron estruendosamente y el coche se precipitó hacia delante en el preciso instante que una berlingo azul pasaba por el cruce. La esquivé con un brusco giro del volante y continué mi camino, mientras el hombre de la berlingo frenaba su vehículo haciendo un trombo y se detenía en medio del cruce, con el morro de la furgoneta mirando hacia el lugar del que procedía.

– ¡Eso es, así! Así es como la pillarás en la cama con ese otro. ¿Y qué vas a hacer después? ¡La matarás! Cogerás un cuchillo de la cocina y la trocearás en pedacitos. La matarás lentamente, para que sufra. ¡Eso es lo que se merece esa zorra, sufrir! Y disfrutarás haciéndolo. ¡Disfrutarás viéndola morir!

Yo ya no pude aguantar más.
Giré el volante tan bruscamente que el hombre trajeado salió despedido de un extremo al otro de los asientos traseros.

– ¿Pero qué coño está haciendo? –se quejó el sorprendido cliente–. ¡Le dije que no quería rodeos!

– No es un rodeo. Es un atajo.

– Pues tampoco quiero atajos, gilipollas. ¡Quiero que me lleves a casa!

Aceleré aun más el vehículo, adelantando a toda velocidad todo aquél coche que encontraba a mi paso, saltándome todos los semáforos que encontraba en rojo y esquivando todos aquellos coches que se me cruzaban en mi camino, protestando con un bocinazo. Por el espejo retrovisor comprobé cómo el pasajero se agarraba de ambas manos a las manillas sin utilidad demostrada, que se encontraban sobre ambas puertas, mientras parecía palidecer con cada nuevo meneo de mi taxi. Sonreí complacido, pero lo que más celebraba, era que esa voz de ultratumba, había enmudecido.

Con tres minutos más de carrera llegué a mi destino, que no era otro que el solitario garaje situado en las afueras de la ciudad, y que uso para guardar el taxi durante el turno de día. Detuve el vehículo con un brusco frenazo, que consiguió que las ruedas chirriaran pronunciadamente mientras el vehículo giraba noventa grados en su parte trasera.

El hombre trajeado se apresuró en apearse del taxi, mientras me increpaba a gritos.

– ¿Pero qué demonios pasa contigo? ¡Estás loco! ¡Has estado a punto de matarme, chiflado de mierda! ¿Pero quién demonios te crees que eres, el jodido Fernando Alonso? Ahora mismo me vas a dar tu número de licencia, que te voy a meter un puro que te vas a cagar.

– El 327 –contesté a la vez que descargaba un certero golpe en su cabeza con una pequeña porra de madera, que siempre llevaba debajo de mi asiento “para por si acaso”.

El hombre dejó de protestar. Quedó tendido en el suelo inerte. Comprobé si estaba muerto, pero no. El cabrón seguía con vida.

Lo tomé por las axilas y lo arrastré hasta el interior del garaje. Luego me preocupé de inmovilizarle con unas esposas, regalo de mi tío el policía, y las enganché a la oxidada cadena de una vieja trócola que mi padre tenía en ese garaje, de cuando podía él mismo arreglarse su puesto de trabajo: El taxi.

Una vez cerciorado de que no tenía posibilidad alguna de escapar, cogí un caldero lleno de agua, y se lo arrojé a la cara sin contemplaciones. El individuo despertó al instante.

Primero puso un rostro de extrañeza, luego miró a su alrededor y tiró de sus brazos un par de veces hasta que comprobó por sí mismo que se encontraba atado y bien atado. Después lanzó una mirada furibunda hacia mí y dijo:

– ¡Suéltame, chiflado hijo de puta!



Powered by WordpressSafe Creative #0902140071035
Theme © 2005 - 2009 FrederikM.deBlueMod is a modification of the blueblog_DE Theme by Oliver Wunder

Taxi 327 © 2008 - 2009 By Ángel J. Blanco.
Obra registrada.