El tipo trajeado parece que comenzó a darse cuenta realmente de la situación, porque su rostro se desfiguraba con unas horribles muecas de terror, que fueron acompañadas con un incipiente tartamudeo en el habla.
– Si… si lo que quieres es dinero, tengo la cartera aquí, en el bolsillo del pantalón. ¡Quédate con todo!
– Yo no me preocuparía de eso –contesto sin tan siquiera mirarle–. Si quisiera tu dinero, no estarías aquí atado. ¿No crees?
– ¿Entonces? ¿Por qué me has secuestrado? ¿Qué vas a hacer conmigo?
– Yo sí me preocuparía de eso.
– ¿Qué quieres de mí? –me pregunta gritando.
– ¡Que me escuches! –contesto sin perder los nervios–. De momento sólo quiero eso.
– ¡Pues habla de una puta vez y deja de hacerte el interesante, loco del demonio!
– Es curioso que me digas eso –le respondo sonriendo mientras me acerco a él con el cuchillo en la mano–. ¿Quién es el loco? ¿Tú o yo?
– Tú, por supuesto.
– Yo te tengo aquí por una razón. Y una razón muy lógica.
– Sí –afirmó el hombre con una risita nerviosa–. ¡Que estás loco!
– Yo no pensaba matar a mi mujer. Tú sí.
El rostro de mi rehén cambió drásticamente. Su sonrisa burlona se diluyó, y sus labios se apretaron formando una fina línea casi imperceptible. Sus músculos se tensaron de tal forma, que parecía que en cualquier momento los tendones de su cuello y de sus brazos fueran a quebrarse; y sus ojos…, sus ojos inyectados en sangre brillaban llenos de rencor y odio contenidos.
– ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo es posible que lo sepa?
– Por eso es preciso que me escuches. Para que lo comprendas.
– Que comprenda, ¿el qué?
– Por qué sé que querías matar a tu mujer.
– Yo no quiero matar a mi mujer.
– No lo niegues. Lo sé. Oigo lo que piensas.
Hizo una mueca como si hubiese escuchado una solemne tontería, y apartó la vista de mí.
– Hablo en serio –le dije girando su cabeza con la punta de mi cuchillo apoyada en su barbilla–. Por eso es necesario que me escuches. De ello depende que salgas con vida esta noche.
– Bien, vale. Supongamos que te creo. ¿Qué estoy pensando ahora?
Le miro fijamente. El responde a mi mirada con una socarrona sonrisa, como si me hubiese puesto una prueba insalvable. Y tenía razón. Notaba su miedo, sentía su rabia, pero no escuchaba la voz.
– Nada –contesto.
– ¿Ves? Pues te equivocas. Estaba pensando en que en cuanto logre soltarme, te voy a pisar esa cabeza trastornada que tienes, hasta sacarte los ojos de las cuencas y reventarte los sesos. ¡Hijo de la gran puta! ¡Eso es lo que estaba pensando!
– Esa actitud no te ayuda en absoluto.
– ¡Menos te van a ayudar a ti tus paranoias! Pirado. De esta no te salvas, cabronazo. ¿Dime? ¿Dime en qué estoy pensando ahora? ¿Puedes decirme en que pienso, tarado hijo de perra?
– ¡No tengo ni puta idea de lo que estás pensando ahora! –respondo ya fuera de mis casillas–. Lo que sé es que hace un rato, estabas deseando llegar a casa para pillar en la cama a tu mujer con otro y tener la excusa perfecta para trocearla en cachitos. Y si no te la hubieras encontrado con otro, la hubieses matado de todas formas porque ya lo tenías decidido.
– ¡Continúa, continúa así! Ya está perdiendo los papeles.
– ¿Eso es lo que querías? –continúo–. ¿Que perdiera los papeles? ¡Pues lo has conseguido!
Me abalanzo hacia él, cuchillo en mano.
– ¡No, no! –logra decir en un tono casi inaudible mientras me acerco. Su rostro es ahora el terror personificado.
De un certero y rápido movimiento de muñeca, el filo del cuchillo sisea en el aire a escasos milímetros de su cabeza. El hombre comenzó a aullar incluso antes de que su oreja cayera al suelo, bañada por un abundante hilo de sangre.
Los alaridos del hombre son ensordecedores, pero por encima de ellos, permitiendo que se escuche perfectamente, la voz, esa voz que ríe de forma alocada.
– ¿De qué te ríes? –bramo al hombre que no cesa en sus escandalosos lamentos, envuelto por las carcajadas de aquella voz–. ¿De qué cojones te estás riendo?
En medio de esa locura de griteríos y carcajeos, escucho la voz nítida e imponente:
– Ya estás cerca.
– ¿Cerca de qué? –pregunto encolerizado.
Las risotadas de la voz cesan, no así los gritos del hombre.
– De conseguir lo que me propongo
–dice la voz en un tono que me hiela la sangre.
– ¿Y qué es lo que te propones?
– ¡Estás loco, cabrón! –logra decir el hombre–. ¡Me has cortado la oreja!
– ¡Contesta! ¿Qué es lo que te propones?
– ¿Pero de qué estas hablando? ¡Yo no me propongo nada!
– ¿Quieres acaso que te corte la otra oreja?
Me arrojo de nuevo hacia él, cuchillo en alto.
– ¡No, por favor! –exclama consiguiendo que me detenga.
La estancia se queda en el más absoluto de los silencios durante unos segundos, y entonces, el hombre se desmorona.
– Por favor, no lo hagas –suplica comenzando a sollozar–. ¡Por favor!
– ¿Me vas a contestar ahora?
El hombre continúa llorando con la mirada gacha, observando su oreja como si la extrañara y quisiera cogerla entre sus manos. Yo me adelanto y tomo su barbilla con la mano obligándole a alzar la vista.
– ¿Qué es lo que te propones?
– Yo no me propongo nada –contesta sumiso por primera vez y con los ojos bañados en lágrimas–. Sólo… ¡Tan solo quiero salir de aquí!
– Bien. Veo que sigues sin entrar en razón. Siguen sin reconocer que querías matar a tu mujer, sigues sin creerme cuando te digo que oigo lo que piensas. ¡Pero yo te voy a hacer entrar en razón!
Entonces tomo la cadena de la trócola, y tiro de ella con fuerza. La cadena que sujeta los brazos esposados de mi rehén comienza a ascender, y con ella, sube al tipo trajeado tirando de sus brazos. Sigo moviendo la trócola sin hacer caso a los aullidos de dolor que le provoco.
– ¿Vas a entrar en razón ahora? –Interrogo cuando ya se encuentra un palmo por encima del suelo, colgado de sus muñecas.
– Sí, si por favor. ¡Bájame! ¡No aguanto el dolor!
– ¿Tenías o no tenías intenciones de matar a tu mujer?
– Sí, sí, es cierto. Iba a matarla, pero bájame, por favor.
– ¡No! ¿Pero qué haces? No le digas eso.
Comienzo a descender su cuerpo.
– ¿No comprendes que si le dices eso le das un motivo para que te mate? Va a acabar contigo, imbécil. ¡No seas débil! ¡Tienes que seguir atacándole! ¡Altérale! ¡Haz que pierda de nuevo el control!
Una vez de nuevo en el suelo, el hombre se queda tendido recuperando el aliento. Me acerco a él y le digo:
– ¿Por qué quieres seguir atacándome? ¿Por qué te interesa tanto que pierda el control?
El hombre levanta la vista mostrando un rostro que deja entrever de igual manera sorpresa e incredulidad. Y entonces, esa voz, surge en mi cabeza, más cercana y con mayor fuerza que nunca hasta ahora:
– ¡Es lo que hay! Suéltalo, o haré que lo mates.
