Me incorporo de golpe, con la respiración agitada y el cuerpo empapado en sudor. Miro hacia la ventana. La única luz que se filtra por las rendijas de la persiana es la de las farolas que alumbran la calle. La ciudad continúa sumida en la penumbra.
Miro hacia el otro lado de la cama. Está vacío. Enciendo apresuradamente la luz de la lámpara que reposa sobre la mesilla situada a mi lado. La estancia queda iluminada y la luz me ciega durante unos instantes.
Cuando mis ojos consiguen aclimatarse a la nueva iluminación, veo a Natasha sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta. Rodea con los brazos sus piernas, que cubren sus pechos desnudos. Se mece con suavidad hacia delante y hacia atrás mientras las lágrimas surcan sus mejillas.
Siento la angustia que atenaza su corazón.
– Natasha. ¿Estás bien?
Ella asiente con unos movimientos rápidos de cabeza y se aparta las lágrimas de la mejilla apresuradamente. Luego alza la vista y se obliga a sonreír.
– He tenido sueño feo –me dice.
Toco su mente. Al instante la imagen se proyecta de forma clara en mi cerebro.
Natasha está haciendo el amor con un grueso hombre de cabeza redonda, con unas pequeñas y cortas matas de pelo blanco que se dibujan en sus sienes. Su rostro representa la personificación del placer, pero para Natasha, el placer no existe. Siento la repulsión y la degradación que la invaden por el hecho de verse forzada a acostarse con él. El culpable de su situación. El hombre que la engañó y la obligó a prostituirse. De pronto toda su frustración y su duelo, se transformó en puro odio. Ese odio repentino y cruel que te obliga a hacer cosas como, asesinar, por ejemplo. Yo sabía muy bien cómo era esa sensación.
Como suele suceder en los sueños, de la nada apareció un cuchillo entre las manos de Natasha. Sin pensarlo un instante, lo empuñó, lo alzó y lo hundió en el pecho de aquel hombre en repetidas ocasiones.
La sangre salpicó su rostro, y solo cuando el hombre dejó de moverse, Natasha se dio cuenta de lo que había hecho. Contempló sus manos manchadas de sangre y soltó el cuchillo con repentino espanto. Cuando contempló el cuerpo encharcado en sangre del hombre al que había quitado la vida, fue mi rostro el que vio en él.
Intento disimular el escalofrío que ha recorrido mi cuerpo viendo esas imágenes. Me levanto de la cama y me acerco a ella. Me acuclillo a su lado y acaricio su rostro con mimo.
– Sólo ha sido una pesadilla –digo–. No tienes de qué preocuparte. Anda, vuelve a la cama.
Me reservo el comentarla que hemos tenido el mismo sueño. Total, ¿para qué? Tomo su mano y la ayudo a incorporarse. La llevo hasta la cama tirando suavemente de ella. Nos tumbamos y ella apoya su cabeza en mi torso. La beso en la frente, y mientras ella me acaricia el pecho con su mano, yo hago lo propio con su sedoso cabello.
– Duerme –digo–. Yo velaré por tu sueño.
– ¿Por qué tú ser tan bueno conmigo? Tú no conocer a mí.
Sonrío.
– Te conozco mejor de lo que crees.
Clava su intensa mirada azul en mis pupilas, y entonces, casi con desesperación se lanza hacia mis labios y me besa con ternura. Nos besamos, nos acariciamos y hacemos de nuevo el amor. Con menor efusividad que antes pero con mayor devoción.
Al terminar nuestra mutua entrega de afectos, Natasha se hunde en un profundo y sereno sueño. El rítmico sonido de su respiración me produce una enorme sensación de sosiego, jamás sentida anteriormente al lado de una mujer. Esa sensación tan placentera no tarda en transportarme de nuevo a los brazos de Morfeo.
Cuando despierto a la mañana siguiente me encuentro solo en mi cama. Miro el reloj de la mesilla. Son casi las dos de la tarde. Puedo escuchar un murmullo de voces procedente de algún rincón de la casa. Me levanto y camino hacia el punto de origen de las voces.
Cuando llego a la cocina me encuentro a mi madre charlando con Natasha frente a unas tazas de café, como si fueran amigas de toda la vida. Mi madre va vestida con un sobrio vestido marrón, mientras que Natasha lleva como indumentaria mi viejo albornoz amarillo. Visto en ella, sin duda luce mejor.
– ¡Buenos días! –anuncio mi presencia.
– ¡Buenos días, hijo! –saluda mi madre. Hacía tiempo que no resplandecía con una sonrisa tan espléndida–. ¡Siéntate hijo, que te preparo un café!
Al mismo momento en que yo me siento, Natasha se incorpora y recoge las tazas sucias. Mi madre la detiene:
– No, hija, no. Deja, que ya lo hago yo. Tú siéntate.
Mi madre comenzó a trajinar por la cocina, llevando la taza con mi desayuno al microondas, recogiendo los cacharros de la mesa y depositándolos en la pila del fregadero.
– ¡Pues vaya sorpresa que me he llevado! –dice mi madre mientras enjuagaba los platos y las tazas y los introducía en el lavavajillas–. Yo que venía del funeral de Fidel, y que me encuentro aquí a tu amiga.
El microondas comienza a emitir los pitidos que anunciaba la finalización de su trabajo. Mi madre se dirigió hacia él con premura y me coloca la taza frente a mí.
– Ya era hora que trajeras alguna “amiguita” –me dice con una pícara sonrisa, y a Natasha–. Ya estaba yo temiendo que fuera un “tránsfuga” de esos.
Natasha sonríe sin haber captado la insinuación de mi madre.
– ¿Cómo está Estela? –pregunto para cambiar el tema. Mi madre es muy capaz de sacarme los colores.
– Pues imagínate, hijo. ¡Fatal! Estuvo todo el funeral como ausente. Como ida. Parece como si todavía no se hubiese hecho a la idea.
El timbre de la puerta suena. Mi madre enarca las cejas, sorprendida.
– ¡Uy! ¿Quién será? –pregunta, y se dirige hacia la puerta de entrada. Al cabo de unos segundos asoma su cabeza por la puerta de la cocina y susurra:
– ¡Hablando del rey de Roma!
Uno instante después se la oye abriendo la puerta y saludando a Estela.
– ¿Qué tal, hija?
– Bueno –se la oye a ella susurrar–. ¿Está Fran?
– Sí, hija. Está en la cocina desayunando. Pero pasa, mujer. No te quedes en la puerta.
Yo me incorporo. No sé lo que me dirá, pero no me apetece nada que me reproche ahora la discusión de ayer. En cuanto Estela cruza la puerta, una inquietante sensación de nerviosismo que roza la angustia emana de ella. Una sensación tan fuerte y desagradable, que me pilla completamente desprevenido y me hace marear. Me veo obligado en buscar apoyo sobre el hombro de Natasha, la cual, me lanza una mirada de preocupación. Con un movimiento la hago saber que me encuentro bien.
– Hola, Estela –saludo.
Estela se detiene en el umbral, mira a Natasha, me mira dubitativa, y de nuevo se da la vuelta. Mi madre la retiene.
– Pero pasa, mujer. ¡No te de vergüenza! Es una amiga de Fran, que ha pasado aquí la noche.
Estela, casi obligada por mi madre, entra en la cocina y toma asiento. Tiene un rostro sumamente demacrado y luce unas oscuras bolsas bajo los ojos. Viste completamente de negro y su pelo se encuentra enmarañado. En ese estado aparenta tener más de cuarenta años.
– ¿Quieres un café? –pregunta mi madre.
– No, gracias –contesta ella sin entusiasmo ninguno–. No tengo apetito.
– Pero tienes que comer algo, mujer –insiste mi madre–. ¿Cuánto llevas sin probar bocado?
– No puedo –dice Estela–. No me entra ningún alimento. Y lo que he metido a la fuerza, a tardado menos en salir que en entrar.
– Bueno, yo te lo pongo, y te lo tomas. Algo retendrás, digo yo.
Mi madre como de costumbre, hace lo que la da la gana, quieras o no.
– Oye, Estela –comienzo a hablar–. Quería pedirte disculpas por lo de ayer…
Estela hace gestos con la mano para que me detenga.
– No, no. No sigas –dice–. Eso ahora da igual. Pero hay algo que te quiero preguntar.
– Lo que quieras –contesto. De inmediato noto un aumento del nerviosismo de Estela.
Permanece en silencio. Un prolongado y tenso silencio que el microondas rompe con su impertinente pitido, como para aplicar un mayor dramatismo a la escena.
– Fran –dice por fin Estela–, ¿Mataste tú a mi marido?
