– Buenos días. ¿Se acuerda de mí?

Ni tan siquiera le miro. Estaba absorto, con la vista ida, contemplando su reflejo en el espejo.

– Soy el inspector Ybarra. Llevé a cabo la investigación por la muerte de su padre.

Giró los ojos hacia los del inspector y sus miradas se cruzaron durante unos segundos. Después, regresó la vista de nuevo hacia su reflejo.

– ¿Me podría explicar qué es lo que ha ocurrido esta noche?

Nada. Ni una palabra

– Le recomiendo que hable señor Rivas. Ya tiene usted suficientes problemas. No lo empeore.

Parecía que ni tan siquiera le escuchaba.

– Bien. Como prefiera. Esperaba que colaborase pero no importa. Tenemos suficientes pruebas contra usted como para encerrarle por una buena temporada. Veamos, señor Rivas. Parece que ha estado muy ocupado durante los últimos meses.

El inspector Ybarra comenzó a abrir las carpetas que había traído consigo y desplegó sobre la mesa varios documentos. Luego tomó una serie de fotografías y las fue colocando meticulosamente sobre la mesa ante el sospechoso. Nueve fotografías de nueve cadáveres distintos. Francisco Rivas ni tan siquiera miró para ellas.

– ¿Sabe lo que tienen en común todas estas personas? –preguntó el inspector sin obtener respuesta alguna de Fran–. Todas ellas han muerto cerca de usted.

– ¡Mírelas! –gritó el inspector sin que Fran ni tan siquiera pestañeara. Tomó una de las fotografías y la colocó delante de sus ojos–. Fidel Recio. Ha este hombre le golpeaste repetidamente con un bate de beisbol hasta acabar con su vida. Era tu vecino, un vecino problemático con una mujer que te ponía, ¿verdad? Tuviste una bronca con él, la cosa se te fue de las manos, y lo mataste. ¿Fue eso lo que pasó?

Esperó una respuesta que nunca llegó, y entonces continuó:

– No importa que no hables. Tenemos pruebas suficientes como para encerrarte una buena temporada por este crimen. El bate de beisbol le hemos encontrado bajo el asiento de tu taxi, y en él hallamos tus huellas, y restos de sangre de la víctima, y de ésta otra persona, Ricardo Vegafría.

Entonces le mostró la foto del hombre que fue hallado flotando en el río Esgueva.

– ¿Qué te hizo él? ¿No te quería pagar la carrera? ¿Por eso le golpeaste, le torturaste, y le freíste los sesos? Por cierto, ¿Qué demonios le hiciste para que acabara con el cerebro como si le hubiesen metido en un microondas? Debo reconocer que esa es una cuestión que continúa siendo una incógnita. ¿Cómo mataste a Ricardo Vegafria?

Rivas continuaba en silencio con la mirada perdida en algún punto del infinito. Un acceso de ira nubló la mente del inspector durante un segundo, y descargó su furia golpeando la mesa con rudeza.

– ¡Contesta, maldita sea! –gritó

Fran en ese instante se sobresaltó y lo miró directamente a los ojos. Le aguantó la mirada durante unos segundos, y luego regresó su vista hacia el infinito.

– ¿Sigues sin hablar? No importa. También tenemos pruebas para condenarte por este crimen. Entre sus ropas encontramos fibras que pertenecen sin lugar a dudas a la tapicería de tu taxi, y en el garaje hemos encontrado restos de la sangre de la víctima en unas esposas, que casualmente, coinciden con las incisiones halladas en sus muñecas. Lo que seguimos sin comprender, es cómo lo mataste. Y eso me lo vas a contar. No hables ahora si no quieres. Dispongo de setenta y dos horas para retenerte aquí antes de mandar el caso a la fiscalía, y te aseguro que las voy a aprovechar. Van a ser las setenta y dos horas más largas de tu vida si no hablas. ¿Qué? ¿Cómo se te queda el cuerpo? ¿Sigues mudo? Pues bien, continuemos. Boris Urnukov e Ivan Olganovich. Anteanoche murieron acribillados a balazos, al parecer por sus propias armas. ¿Se dispararon unos a otros, o fuiste tú el que les disparó, y luego colocó las armas en sus manos muertas para despistarnos? Porque tú estuviste allí. Las huellas de los neumáticos de tu taxi quedaron marcadas en el lugar del crimen, y restos de sangre han aparecido en sus neumáticos, por lo tanto, te tenemos situado en el lugar y en la hora del crimen.

Ybarra regresó la mirada a su carpeta y fue pasando folios de un lado a otro buscando el que le interesaba en ese momento, cuando escuchó con nitidez la voz de Fran en tono templado.

– Está mintiendo.

El inspector alzó la vista hacia el acusado. Fran continuaba en la misma posición, con la mirada perdida en la distancia.

– ¿Cómo que estoy mintiendo? –pregunto.

Fran en ese momento giró la vista hacia él, y durante un segundo, el inspector Ybarra creyó ver sorpresa en sus ojos. Después giró de nuevo la vista hacia el espejo y continuó en silencio.

– ¿Crees que miento? –preguntó Ybarra sonriendo irónicamente mientras se preguntaba cómo coño podía saberlo –¿Que no tengo pruebas contra ti?

– No lo creo –afirmó Fran en ese momento–. Lo sé.

– ¿Y cómo lo sabes?

Entonces, Francisco Rivas giró su vista hacia él, clavó sus ojos en los Ybarra y sin mostrar ninguna clase de emoción dijo algo que consiguió palidecer el rostro del inspector:

– De la misma forma que sé que su mujer le ha abandonado.

– ¿Qué sabes tú de mi mujer? –preguntó Ybarra con un hilo de voz.

– Sé que le abandonó con su hija, y sé que su marcha le ha causado un gran dolor. Sé que la echa mucho en falta. A su hija, no a su mujer. A su mujer sé que realmente no la ama.

Ybarra saltó de su asiento y se abalanzó contra Fran. Le agarró con rudeza de la nuca y le golpeó la cabeza contra la mesa violentamente, al mismo tiempo que desenfundaba su arma y le apuntaba a la sien con ella.

– Como vuelvas a decir una sola palabra de mi mujer o de mi hija, juro por Dios que te vuelo la cabeza. ¿Lo has entendido?

– Sé que no tiene intenciones de apretar el gatillo –dijo Fran con pasmosa tranquilidad–. Así que ahórrese la escenita.

El inspector amartilló el percutor y presionó el cañón de su revolver contra la cabeza del taxista mientras gritaba:

– ¿Quieres verlo? ¿Quieres ponerme a prueba?

De pronto la puerta de la sala de interrogatorios se abrió y casi de inmediato los fornidos brazos del subinspector López sujetaron a Ybarra y le alejaron de Rivas.

– ¡Suelta el arma, Ybarra! –reclamó López con voz autoritaria–. ¿Es que te has vuelto loco? ¡Suéltala!

– El loco eres tú, López –gritó el inspector mientras intentaba zafarse–. ¿Sabes lo que pasaría si la suelto ahora? ¡Suéltame tú a mí!

– Te soltaré cuando te calmes. ¿De acuerdo?

– De acuerdo, de acuerdo –accedió Ybarra cesando en su forcejeo–. Ya estoy calmado. Ahora, suéltame de una puta vez.

López le soltó y de inmediato asió su arma sin llegar a desenfundarla.

– Guarda el arma –solicitó en un tono que sonaba amenazante.

– ¡Maldita sea López! –exclamó Ybarra enfundado de nuevo su revolver–. ¿Por qué has interrumpido el interrogatorio?

López también soltó la empuñadura de su arma, aunque lo hizo de un modo excesivamente lento, como si no estuviese del todo convencido.

– Creo que el interrogatorio se te ha ido de las manos Ybarra –dijo–. Sal de aquí, anda. Yo lo continuaré.

El inspector soltó una cínica carcajada y dijo:

– ¡Ya te gustaría a ti! Es mi sospechoso. Yo realizaré el interrogatorio.

– No. No lo harás –contradijo López con autoridad–. Sal de aquí, Ybarra.

– ¿Me estás dando órdenes, López? Te recuerdo que soy tu superior.

– ¿Quiere que se lo preguntemos al comisario, Inspector? –se enfrentó López con los brazos en jarra y el ceño fruncido.

Tras un silencioso y tenso duelo de miradas, finalmente Ybarra se dio por vencido. Chasqueó la lengua con rabia, y salió de la sala.



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