May
09.

Ybarra se detuvo frente al ventanal que daba a la sala de interrogatorios en la habitación contigua. Francisco Rivas continuaba frente a él, y a pesar de que el inspector sabía que no le podía ver, sentía como si sus ojos pudiesen taladrarle.

– Confío en que este pequeño altercado no lo tome en consideración, señor Rivas –dijo López sentándose frente a Fran–. El inspector Ybarra se encuentra en este momento algo estresado por la ola de crímenes que estamos sufriendo, pero lo cierto es que se encuentra usted en una situación muy delicada. Por su propio bien, sería mejor que colaborase con nosotros para aclarar lo ocurrido. Empecemos por esta noche, ¿le parece?

– ¿Por qué no le invitas a una cerveza en plan coleguitas? –gruñó Ybarra a la solitaria sala.

– Según el testimonio del Rafael Santos, usted, a eso de las nueve, se encontraba cenando en su casa. ¿Es eso cierto?

López miró a Rivas esperando una respuesta que, como anteriormente con el inspector Ybarra, nunca llegó.

– ¡Menudo caso que te hace! –se burló Ybarra.

– Señor Rivas –reclamó López–. Con un “sí” o un “no” me bastaría. ¿Podría contestar afirmativamente si es cierto?

En ese momento López se incorporó de su asiento y se acuclilló frente al sospechoso. Comenzó a pasar su mano por delante de sus ojos e incluso se atrevió a golpearle un par de veces la mejilla con la mano.

– Señor Rivas, ¿se encuentra usted bien? ¿Señor Rivas?

De pronto, el subinspector López salió de la sala de interrogatorios a toda prisa. Ybarra de inmediato, se lanzó contra la puerta y la abrió con violencia. El subinspector ya se encontraba en el fondo del pasillo, accediendo a las escaleras que iban a la planta superior, mientras un agente uniformado montaba guardia frente a la puerta de la sala de interrogatorios.

Ybarra echó a correr tras López, y al alcanzarlo, preguntó de mal genio:

– ¿Se puede saber a donde coño vas?

– En busca de un médico –contestó López.

– ¿Un médico, y para qué coño quieres un médico? –replicó Ybarra reteniendo a López por el hombro.

El subinspector clavó los ojos en su compañero con el ceño fruncido y, masticando las palabras, exigió:

– ¡Quita tu mano de encima, Ybarra!

– ¡Por el amor de Dios, López! –exclamó Ybarra tras acceder a la demanda del subinspector muy a su pesar–. Viene del hospital, ¿acaso no le has visto el vendaje en su hombro?

López ascendió el tramo final de escalera y buscó con la mirada por la inmensa sala congestionada de agentes y civiles. Tras divisar la persona que buscaba, el subinspector, sin perder el paso, se dirigió a una de las mesas en donde un policía de gran envergadura, cuyo uniforme parecía a punto de reventar, procedía a la firma de la declaración de un testigo.

– Perdona un momento –se disculpó con su compañero para después dirigirse al testigo–: Doctor Santos, ¿tiene un minuto, por favor?

– ¡Oh, Vamos! ¿No estarás hablando en serio? –rezongó Ybarra tras el subinspector.

– ¿Qué pasa? –preguntó el doctor Santos con aire cansado.

– Es usted psiquiatra, ¿no es cierto? –preguntó López al doctor.

– No exactamente –contestó éste–. Trabajo en el hospital psiquiátrico, pero yo ocupo la rama de neurología.

– Me gustaría que pudiera reconocer a un sospechoso en la sala de interrogatorios y nos diera una valoración profesional sobre su estado.

– ¡López, no puedes hacer eso! –alzó la voz de nuevo Ybarra–. ¡Él es su amigo!

Al escuchar a Ybarra, el doctor Santos reaccionó con rapidez:

– ¿Se refieren a Fran? –preguntó el doctor alarmado–. ¿Francisco Rivas?

– Sí –afirmó López.

– ¿Qué le ocurre? –preguntó el doctor levantándose de inmediato.

– Desde que le detuvimos no ha reaccionado –explicó López–. Permanece sentado, sin hablar y con la mirada perdida. Al principio pensamos que podía estar fingiendo…

– ¡Es que está fingiendo! –interrumpió Ybarra.

– Eso seré yo quien lo dictamine –sentenció el doctor con rotundidad–. ¿Dónde se encuentra?

Los agentes guiaron al doctor por los pasillos de la comisaría hasta la sala de interrogatorios. Santos aceptó la invitación del subinspector López y cruzó la puerta por delante de ellos. Recorrió la escasa distancia que le separaba de Fran, se acuclilló frente a él y le llamó:

– Fran, ¿me oyes? ¡Francisco! Soy yo, el doctor Santos.

Fran continuaba con la vista clavada al frente sin mostrar ninguna reacción a sus palabras. El doctor comenzó a pellizcarle en la cara y en las manos sin obtener respuesta alguna.

– ¿Qué opina doctor? –preguntó López.

– Aparentemente parece que se encuentra en estado de shock. Yo apuntaría a que se trata de un shock postraumático, aunque es pronto para conjeturas.

– ¿Shock? –exclamó el inspector Ybarra–. ¡Y una mierda shock! ¡Lo está fingiendo!

El doctor Santos le lanzó una mirada de desdén y después, tomó una pequeña linterna que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta y comenzó a examinar los ojos de Fran mientras decía en tono irónico:

– Ignoraba que hubiese usted estudiado medicina.

– No me hace falta estudiar medicina para saber cuando alguien miente, y éste lo que tiene es mucho cuento. Este tío me miró a los ojos más de una vez. ¡Joder, pero si hasta me ha hablado! ¿Tú lo oíste no? –le preguntó a López–. Estabas observando el interrogatorio ¿no es así? El tipo se atrevió a llamarme mentiroso.

– Ybarra, vamos a fuera –le dijo López agarrándole del brazo.

– Yo no voy a ningún sitio –protestó el inspector–. No voy a consentir que este capullo se ría de mí en la cara.

– ¡Vamos a fuera, coño! –gritó el subinspector arrastrando a Ybarra fuera de la sala y cerrando la puerta tras ellos.

– ¿Pero qué haces? ¿Dejas solo a un sospechoso de varios crímenes con un civil?

– Ybarra, ¿qué te está pasando?

– A mí nada, ¿y a ti? ¿Cómo se te ocurre…

– ¡Escúchame! –gritó el subinspector López consiguiendo que Ybarra enmudeciera.

– Cálmate, López. Te escucho.

El subinspector tomo aire y lo expulso lentamente mientras lanzaba una ojeada a ambos lados del pasillo. Tras cerciorarse de que no había oídos ajenos cerca comenzó a hablar:

– Efectivamente estaba observando el interrogatorio, Ybarra. El sospechoso se mantuvo en silencio durante todo el tiempo.


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