– Habló –aseguró Ybarra con firmeza–. Le escuché claramente, primero dijo que estaba mintiendo en las pruebas y luego…
– No dijo ni una palabra, Ybarra –le interrumpió López.
– Sí lo hizo. Comenzó a hablar de mi mujer y…
– No Ybarra. ¡Ni tan siquiera abrió la boca! Tú de pronto enloqueciste y saltaste sobre él pistola en mano. ¿Por qué crees que entré de la manera que lo hice?
– Estás equivocado. Quizá no lo oíste, quizá…
– En la sala de observación están las grabaciones. Puedes comprobarlo tú mismo.
De pronto el doctor salió de la sala de interrogatorios como alma que lleva el diablo.
– ¡Ayuda, por favor!
Los agentes entraron aceleradamente en la sala de interrogatorios, y se quedaron paralizados ante la escena que presenciaron. Francisco Rivas se encontraba tirado en el suelo escupiendo una blanquecina espuma por la boca mientras su cuerpo soportaba unas terribles convulsiones.
– ¿Pero qué demonios a pasado aquí? –preguntó Ybarra.
– Tenemos que llevarle con urgencia a un hospital. Ha sufrido un colapso del sistema neuronal, posiblemente provocado por hemorragia intracraneal.
– Voy a avisar al comisario –anunció López saliendo a la carrera de la sala de interrogatorios.
– ¿Pero cómo ha ocurrido? –quiso saber Ybarra.
– Este paciente tiene antecedentes de un severo traumatismo craneal que le dejaron secuelas. Ustedes sabrán qué clase de golpe ha recibido en la cabeza mientras se encontraba en sus instalaciones –contestó el doctor en tono de reproche.
– ¿De qué nos está acusando? ¿De golpear al detenido? –se defendió un irascible Ybarra–. Pues que sepa que nadie le ha puesto ni un solo dedo encima.
– ¿Y qué me dice de esa marca roja que se puede ver en su frente?
– Eso ya lo tenía cuando le detuvimos.
En ese instante el comisario Garrido entró en la sala seguido de López y el agente Gálvez.
– La ambulancia viene en camino –informó López–. Estará aquí en tres minutos.
– No sé por qué, pero aquí hay algo que me huele mal –comentó Ybarra.
Santos lanzó una mirada de reproche al inspector y continuó con sus labores de auxilio. Los espasmos de Fran habían remitido, al igual que la espuma de su boca que había dejado de manar, pero todavía continuaba mordiendo con fuerza el cinturón de cuero que el doctor había colocado entre sus dientes para evitar que se mordiera la lengua.
– Ybarra. Venga aquí –solicitó el comisario a lo que el inspector contestó con una mueca de hastío y obedeció con resignación.
Salieron de la sala de interrogatorios y una vez apartados le preguntó en voz baja:
– ¿Qué ha ocurrido?
– No tengo ni la menor idea comisario. Pero para mí que aquí hay gato encerrado. Me parece que el acusado está fingiendo y éste medicucho del tres al cuarto le está encubriendo.
– ¿Y el golpe que le diste contra la mesa también lo ha fingido? –preguntó el comisario en el mismo tono de confidencialidad.
– Yo no le he golpeado.
– Vamos, Ybarra. ¡No seas cínico! Me lo ha dicho López.
– Chivato de mierda –dijo Ybarra arrastrando las palabras, tras lo cual, y ante la mirada inquisitiva del comisario, se defendió señalando con el dedo hacia el interior de la sala de interrogatorios–. ¡Está fingiendo! Se está cachondeando de todos nosotros delante de nuestras narices, ¿no se da cuenta?
– De lo que me doy cuenta es de que todo este trabajo te está desbordando, y llevas ya un tiempo que no eres tú.
– ¿Pero qué me está contando, comisario?
En ese momento llegaron los sanitarios, y guiados por un agente se introdujeron en la sala de interrogatorios. Al cabo de dos minutos los sanitarios salían con Fran en la camilla seguidos muy de cerca por el doctor Santos que no paraba de dar indicaciones a los sanitarios.
– Trasládenlo al hospital general –ordenó el comisario.
– Ni hablar –respondió con contundencia Santos–. Es mi paciente y lo quiero tener en observación. Lo llevaremos al centro psiquiátrico.
– Si hombre, ¿y por qué no le llevamos a su casita y le preparamos un vaso de leche caliente y se lo llevamos a la cama?
– Piénselo comisario –dijo el doctor Santos haciendo caso omiso del sarcástico comentario del inspector–. ¿Dónde va a estar más seguro un sospechoso que en un hospital cerrado a cal y canto como una cárcel?
– Muy bien, de acuerdo –accedió el comisario tras unos segundos de meditación–. Pero quiero a un agente continuamente frente a la puerta de su habitación.
– Ya voy yo, comisario –anunció Ybarra.
– No –denegó el comisario Garrido–. Tú te vas para casa a descansar, que falta te hace. Gálvez, vaya con ellos.
– A la orden comisario –dijo el agente en cuestión.
– Nadie entrará ni saldrá de allí sin que nos enteremos –dijo el comisario–, y en cuanto su estado sufra alguna variación nos informará de inmediato.
– Comisario –reclamó Ybarra–, no me parece adecuada su decisión.
– ¿Cuánto lleva de servicio, Ybarra? ¿Treinta y seis horas?
– Sí, por ahí anda. Pero me encuentro perfectamente…
– Usted se va a casa a descansar, y no se hable más. Es una orden.
Y con estas palabras se retiró de nuevo hacia su despacho, dejando a Ybarra con la boca abierta, consternado y malhumorado por la manera en que el comisario Garrido le había apartado de la investigación.
Los sanitarios y el doctor santos abandonaron la comisaría y el eco de la sirena de la ambulancia se escuchó cada vez más amortiguado a medida que se alejaba. Sólo entonces Ybarra reaccionó. Se giró y se encontró con el subcomisario López, que salía de la sala de observación con su chaqueta y su maletín.
– Me voy a casa, Ybarra –anunció–. Y tú deberías atender al comisario y hacer lo mismo.
– Te ha faltado tiempo para ir con el cuento al comisario, ¿verdad López?
El subcomisario le miró con una cínica sonrisa y le dijo:
– Si esperas que yo pague por tus mierdas la llevas clara.
– Algún día de estos te vas a ganar una buena hostia.
– ¿Y me la vas a dar tú?
– ¡Por supuesto que sí! No te imaginas las ganas que tengo.
López se planto frente a Ybarra, y a escasos milímetros de su cara le espetó:
– Pues cuando quieras, y donde quieras, Ybarra.
A continuación se colocó su gabardina y, tras lanzarle una última mirada altiva, se puso en camino y desapareció por las escaleras. Ybarra le siguió con la mirada y cuando hubo desaparecido susurró:
– ¡Hijo de puta!
Después se dirigió a la sala de observación y recogió sus cosas. Luego extrajo la cinta del aparato de video que había grabado las imágenes del interrogatorio a Francisco Rivas y la introdujo entre la documentación que portaba en su maletín. A continuación se dirigió hacia el garaje y dejó sus cosas en el maletero de su automóvil, para una vez sentado al volante conducir con rapidez hacia su casa.
