May
30.

El inspector Ybarra abrió la puerta de su “dulce” hogar. Hogar sí, desde luego, pero dulce, lo que se dice dulce, dejó de serlo hacia ya algún tiempo. Incluso antes de que su mujer le abandonara llevándose a su única hija consigo.

Ybarra penetró por el largo pasillo sin reparar en las solitarias escarpias colgadas de la pared, que con anterioridad soportaban los cuadros de punto de cruz realizados por Gema, su mujer, y que introdujo en su maleta junto a otros enseres domésticos que tenían algún ridículo valor sentimental para ella.

Al entrar al dormitorio, apartó de un puntapié el montón de ropa que se acumulaba en el suelo, frente a la puerta del cuarto de baño, y se dejó caer sobre la deshecha cama. Durante varios minutos se quedó contemplando el blanco techo de su dormitorio. Lo único que pululaba por su mente era que Francisco Rivas y ese medicucho del tres al cuarto le habían tomado el pelo descaradamente. No podía quitarse esa idea de la cabeza.

Intentó pensar en otra cosa y sus ojos se clavaron en el cuadro de casi medio metro de altura que colgaba de la pared del salón que alcanzaba a ver desde esa posición. Por muy nervioso, irritado o frustrado que se sintiera, el mirar ese cuadro siempre conseguía relajarle.

Era una fotografía de su hija Carla ataviada con el clásico vestido blanco de la primera comunión. Su pelo castaño colgaba perfectamente alisado por detrás, sujetando su flequillo con una diadema de tela a juego con el vestido, que despejaba su frente y permitía mostrar su hermoso rostro. Sus brillantes ojos marrones emanaban una contagiosa alegría y la cálida sonrisa con la que se presentaba resultaba un llamamiento a la paz.

Ybarra jamás pudo resistirse a esa sonrisa de su hija. Por muy enfadado que estuviese con ella, por grande que fuera la pifia que preparase, cuando Carla mostraba esa sonrisa desarmaba por completo al inspector.

Ybarra sonrió de forma melancólica y de inmediato tomó el teléfono inalámbrico que descansaba sobre su mesilla de noche y marcó el teléfono de su suegra. Al quinto tono Ybarra distinguió la adormilada voz de Gema al otro lado.

– ¿Sí?

– Hola Gema. ¿Qué tal?

Tras unos segundos de silencio se escuchó un claro resoplido al otro lado.

– Javier, ¿tienes idea de qué hora es?

– Pues… la verdad es que no –contestó Ybarra dubitativo.

– Son casi las tres de la madrugada. ¿Te parece normal llamar a estas horas?

– Perdona, mujer –se excusó–. Yo tan solo quería saber cómo estabais.

– ¡Dormidas! –contestó Gema tajante–. Estábamos dormidas hasta que tú has llamado. Y a no ser que me llames para decirme que mañana se acaba el mundo…

– ¿Y a la niña? –interrumpió Ybarra–. ¿También se ha despertado?

– Has despertado a todos en la casa. ¡Que encima, eso! No me podías haber llamado al móvil, tenías que llamar al fijo.

– El que tenía más a mano, mujer. ¿Podría hablar con Carla un minutito? –solicitó Ybarra con toda la amabilidad de la que fue capaz.

– ¡Por Dios, Javier! ¿Qué parte de “son casi las tres de la madrugada” no has entendido?

– Solo un segundito, mujer. Para darle las buenas noches.

– Buenas noches, Javier –respondió Gema de forma seca, tras lo cual colgó el aparato.

Ybarra se quedó durante unos segundos con el auricular pegado a la oreja, hasta que un pensamiento cruzó su mente y se instaló en ella recomiéndole las entrañas:

“Esa zorra me odia.”

La ira le cegó, y descargó su rabia lanzando el teléfono contra la pared, que cayó al suelo desperdigando piezas de su mecanismo.

Por fin había conseguido quitarse a Francisco Rivas de la cabeza, pero ya comenzaba a echarle de menos. Las ideas que ahora rondaban le rondaban por el cerebro eran con diferencia mucho peores de sobrellevar.

“La muy zorra se lleva a mi hija y encima no me deja ni hablar con ella”

Hacia ya tres semanas que Gema se había ido con Carla a casa de su madre, y en esas tres semanas tan solo había podido ver a su hija una vez. Fueron quince minutos, en un parque público, y bajo la atenta mirada de su suegra, vigilado como si fuera un delincuente. ¡Como si él fuese capaz de hacerle algún mal a su pequeña!

“Eso es lo que quiere, que no vuelva a verla .¡Quitármela! ¡Eso es lo que anda buscando!”

Necesitaba quitarse esos pensamientos de la cabeza o acabaría volviéndose loco. Y la solución llegó de repente, como las jodidas ventanas de publicidad que se abren sin avisar cuando se navega por Internet.

Ybarra abrió apresuradamente el portafolios y rebuscó en su interior hasta extraer la pequeña cinta DV que tomó prestada de la comisaría. A continuación se dirigió al desvencijado salón y rebuscó en el mueble hasta encontrar la cámara de video que había sido testigo de tantos y tan gratos momentos familiares. Realizó las oportunas conexiones en la televisión y comenzó a visionar el video.

Revisó la misma secuencia una y otra vez, una y otra vez sin dar crédito a lo que veía. Tal y como le había dicho López, Francisco Rivas no abrió la boca en todo el interrogatorio. La grabación registraba las palabras de Ybarra, todas y cada una tal y como las recordaba haber dicho, pero en ningún momento se escucha ni el más mínimo susurro procedente de los labios de Rivas. Y de pronto, Ybarra se veía a sí mismo saltando sobre el sospechoso, golpeando su cabeza contra la mesa y desenfundando su arma para encañonarlo.

Cuando ya se convenció de que la cinta era eso lo que mostraba, dejó continuar la escena sin percatarse realmente de las imágenes que mostraba. Su cabeza daba vueltas pensando en qué demonios había ocurrido.

– ¡Pero yo le oí! –se decía en voz alta como para convencerse.

“¡Claro que lo oí!”

Cuando ya se había convencido de que definitivamente se estaba volviendo loco, las imágenes de la televisión le volvieron a llamar la atención. Saltando de su asiento retrocedió la imagen hasta el instante en que López le sacaba de la sala de interrogatorios dejando solos al doctor Santos y a Rivas.

Ybarra subió el volumen del aparato y agudizó el oído. Tras prestar atención a las imágenes y a los sonidos que llegaban del televisor, una nueva idea se fijó en su mente. Aunque más que una idea era una confirmación.

“¿Ves como el taxista de los cojones y ese doctorucho te han tomado el pelo?”

* * *


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