Rafael Santos contemplaba al funcionario policial mientras éste leía en voz alta los documentos que acababa de imprimir. Un nuevo repaso a los acontecimientos ocurridos durante esa aciaga noche.

Sin apenas escuchar las palabras del agente, Santos intentaba una y otra vez apartar de su mente la imagen del cuerpo de Lucía abatida.

Su esposa, su dulce y siempre jovial Lucía, que a esas horas yacería en alguna fría camilla de metal. Su perenne sonrisa, sus brillantes ojos llenos de vida, su contagiosa y alegre risa, todo lo que fue, todo lo que amaba, todo, en un segundo, se había convertido en un efímero recuerdo.

¿Qué iba a ser ahora de él? ¿Y de su hija? Rafael deseó con todas sus fuerzas que su hija lograra recuperarse del trauma, pero presenciar cómo acaban con la vida de tu madre es un golpe terriblemente duro como para superarse fácilmente.

El agente le dijo algo.

– ¿Qué? –preguntó Rafael aparcando de sus pensamientos.

– Que si está de acuerdo con su declaración.

– Sí, sí. Por supuesto.

– Pues si hace el favor de firmar aquí –solicitó el agente presentando ante él el documento.

Santos tomó el bolígrafo que le tendió el agente y lo miró como si fuese la primera vez en su vida que veía semejante artilugio. Después regresó su vista al documento y, con cierta parsimonia firmó los documentos.

– Perdona un momento –se escuchó una voz a su espalda–. Doctor Santos, ¿tiene un minuto, por favor?

Rafael se giró para comprobar que quien hablaba era el subinspector que había acudido a su casa a iniciar las primeras investigaciones. Santos creía recordar que se había presentado como López.

– ¡Oh, Vamos! ¿No estarás hablando en serio? –protestó un segundo tipo que si no fuera por la placa que lucía en su cinturón, Santos nunca hubiese sospechado que se trataba de un policía, dado su descuidado aspecto con barba de tres días y pelo alborotado.

– ¿Qué pasa? –preguntó el doctor Santos.

López le puso en antecedentes de lo ocurrido con Fran y no dudó ni un instante en acompañar a los agentes.

– Lo que no logro comprender es por qué lo han detenido –comentó Santos mientras bajaban los peldaños de la escalera que llevaba a la sala de interrogatorios–. Si no llega a ser por él seguramente Tapia también hubiese acabado con mi hija y conmigo.

– No le hemos detenido por eso –dijo el desaliñado policía, al que López había llamado Ybarra.

– Verá, tras huir de su domicilio –expuso López–, el sospechoso fue detenido en su casa. Su madre se encontraba acribillada a cuchilladas en el salón, y una vecina suya cayó por una ventana de la vivienda.

– ¿Qué? –se detuvo Santos confundido–. ¡Clara está muerta!

– Me temo que sí –afirmó López.

– ¿Y creen que Fran la mató? –preguntó Santos incrédulo–. No puede ser. Fran adoraba a su madre.

– Tenía el arma del crimen en sus manos en el momento de la detención –informó López.

– Y no sería la primera vez que mata –aseveró Ybarra.

Santos miró a Ybarra con incrédula mirada, pero éste no se dio por aludido y dejó ahí la frase sin más explicaciones.

– De todas formas–dijo López–, lo que tratamos es de esclarecer lo ocurrido esta noche. Tanto en su casa como en la del sospechoso. Por su testimonio lo ocurrido en su casa parece claro.

– ¡Y tan claro! –exclamó Ybarra con sorna–. Le voló la cabeza a un hombre desarmado.

– Ese hombre desarmado asesinó a mi mujer a sangre fría e intentó matarnos –expuso Rafael haciendo notar su malestar por el comentario del inspector–. Fran actuó en legítima defensa.

– ¿Legítima defensa? ¡Por favor! Le arrebata el arma y luego le dispara en la cabeza. ¿No podía haber disparado a una pierna, o simplemente golpearle con la culata de la escopeta? La legítima defensa es una respuesta proporcional al ataque sufrido. A mi no me parece que su respuesta haya sido en absoluto proporcional.

– Es suficiente, Ybarra –terció López–. Eso será un juez quien lo dictamine. Ahora por de pronto, lo que nos ocupa es el estado del señor Rivas, y que pueda testificar para aclarar qué sucedió posteriormente en su casa.

Y para impedir una nueva intervención del inspector Ybarra, el subinspector abrió la puerta de la sala de interrogatorios y, con un gesto de la mano, invitó al doctor a pasar.

Santos se encontró frente a un Fran sentado en una silla, con la mirada perdida. Se acercó a él y comenzó a practicarle el protocolo de estimulación sensorial, sin obtener respuesta.

Santos comunicó a los oficiales su primera impresión sobre el estado de Fran, un diagnostico que no pareció agradar mucho al desarrapado policía, que se puso a despotricar en la sala hasta que su compañero le sacó de ella, cosa que Rafael agradeció en extremo. Si una cosa odiaba era a los metomentodo que creían saber de medicina más que él.

El doctor examinó las pupilas de Fran. Se encontraban dilatadas y no reaccionaron al foco de luz. Era una reacción que Rafael había visto en unas cuantas ocasiones en casos de pacientes catatónicos.

Estaba pensando en tratarle con algún tipo de estimulante cuando una voz resonó en su cabeza.

“Doctor, ¡ayúdeme!”

La sensación fue tan extraña que desconcertó por completo a Santos. Fue como si su cabeza retumbara y un leve mareo le obligó a tomar asiento.

– ¿Qué? –preguntó desorientado, mirando hacia todas partes en la habitación.

“Soy yo, Fran. Necesito que me saque de aquí”

Santos miró a Fran con un gesto que mezclaba sorpresa e incredulidad.

– ¿Fran?

“Sí”

– ¿De verdad, eres tú? –preguntó sin acabar de creérselo, pero entonces los ojos de Fran se volvieron hacia él y parecieron taladrarle con la mirada.

Santos dio un respingo hacia atrás asustado. Su pulso cardíaco se aceleró y a continuación acercó su rostro al de Fran con muecas de asombro.

– Pero… ¿qué… cómo…

“No hay tiempo para explicaciones. Los agentes pueden entrar en cualquier momento. Doctor, tiene que sacarme de aquí”

– ¿Pero de qué demonios estás hablando? ¿Cómo te voy a sacar de una comisaría? ¿Y por qué?

“¡Creen que he matado a mi madre!”

La voz resonó tan fuerte en la cabeza de Santos que le obligó a llevarse las manos a la sien y masajearse levemente.

– ¡Por favor! –se quejó–. ¡Deja de hacer eso! ¡Es muy molesto! ¿Cuándo pensabas decirme que eres telépata?

“Ni yo mismo lo sabía”

– ¡Vamos Fran! No me tomes por tonto. ¿Me vas a decir que no lo sabías?

“¡No hay tiempo para reproches, doctor! ¡Algo está ocurriendo en la ciudad! De algún modo, la muerte de mi padre, la de su mujer, la de mi madre, y me temo que muchos de los crímenes que están sucediendo en la ciudad, están relacionados”.

– Sí, y parece ser que la policía te relaciona a ti con ellos.

“Por eso mismo me tiene que sacar de aquí. Tengo que encontrar al asesino de mi padre. Él tiene la clave”

– ¿El asesino de tu padre? ¿Por qué él?

“Estaba en su casa esta noche. De algún modo que no alcanzo a comprender, él tuvo algo que ver”.

Santos meneó la cabeza en señal negativa.

– No entiendo…

“Yo tampoco lo entiendo, Rafael, pero ayúdeme a salir de aquí. Tal vez así podamos unir este rompecabezas”

Santos observó durante unos segundos a Fran en actitud pensativa.

– Muy bien –dijo Santos buscando entre los bolsillos de su chaqueta. Tomó una pequeña bolsita de uno de sus bolsillos, y vertiendo sobre la palma de su mano las tres pastillas de color rojo que contenía y las introdujo en la boca de Fran–. No las tragues. Solo deja que se disuelvan en tu boca. ¡Ah! Y te advierto. Esto, no te va a resultar agradable.



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